La sensibilidad no se corrige, se aprende a habitar

Sobreexcitabilidad sensorial en primera persona

por Laura Ollé

7/15/20264 min read

Hoy hace mucho frío.

Ayer lo sentí en cada centímetro del cuerpo. No fue simplemente tener frío. Fue esa forma tan particular en que algunas personas habitamos el mundo: como si el volumen de los sentidos estuviera siempre un poco más alto que el del resto.

En mi caso, el frío no solo atraviesa la piel. También ralentiza mi mente. Me duele la cabeza, mi velocidad de procesamiento disminuye y pensar deja de ser ese movimiento ágil que tanto disfruto para convertirse en un esfuerzo.

Durante mucho tiempo eso me desesperaba.

Porque nadie lo notaba.

Yo seguía trabajando, hablando, resolviendo problemas. Desde afuera parecía la misma de siempre. Pero por dentro sabía que no estaba funcionando a mi ritmo habitual. Y eso me frustraba profundamente.

Hasta que un día, alguien con quien trabajaba en equipo y notó que mi ritmo había bajado, aunque mi queja de que hacía mucho frío, me dijo una frase que cambió muchas cosas:

—Estás desregulada.

No me dijo que era débil.

No me dijo que exageraba.

No me dijo que tenía que ponerle más voluntad.

Me dio una explicación.

Y cuando algo tiene explicación, deja de sentirse como un defecto.

Hoy, mientras cocinaba, escuchaba música y bailaba por la cocina, recordé otra conversación.

Alguien a quien aprecio mucho, porque siempre me pone a pensar, con la mejor intención del mundo, me preguntó:

—¿Y eso cómo se corrige?

Mi respuesta salió sin pensar.

—No se corrige. Se acepta.

Y como era de esperarse, después me quedé pensando toda la tarde.

Qué cantidad de años pasé intentando corregirme.

Creyendo que mi sensibilidad era un error de fábrica.

Que sentir demasiado era un problema.

Que registrar matices que otros no percibían era una falla del sistema.

Que emocionarme intensamente, saturarme con determinados estímulos o necesitar pausas significaba que había algo mal en mí.

Y entonces aparecía la sobreadaptación.

Ese mecanismo tan silencioso que consiste en hacer un esfuerzo enorme para parecer que todo está bien.

Porque si el mundo esperaba personas resistentes, rápidas y siempre disponibles, yo haría hasta lo imposible por convertirme en una de ellas.

Aunque el costo fuera alejarme de mí misma.

El autoconocimiento fue desarmando esa idea, capa por capa.

Hoy entiendo que mi sensibilidad no es un desperfecto.

Es una forma distinta de procesar la realidad.

Es percibir la vida en alta definición.

Registrar detalles que otros pasan por alto.

Conmoverme profundamente.

Encontrar belleza donde otros solo ven rutina.

Relacionar ideas aparentemente inconexas.

Sentir con intensidad.

Claro que también significa que el ruido puede ser demasiado ruido.

Que el frío puede ser mucho más que frío.

Que determinados ambientes me agoten.

Que mi cuerpo necesite regularse antes de que mi mente pueda volver a desplegar todo su potencial.

Y eso no me hace menos capaz.

Me hace responsable de conocer mi propio funcionamiento.

Hoy, cuando sentí que el frío volvía a ralentizarme, recordé a mi querida amiga Mariel y uno de sus tantos consejos sobre bienestar: buscar actividades que nos permitan entrar en estado de flow, ese estado en el que estamos tan presentes en lo que hacemos que el tiempo parece desaparecer.

Entonces tomé una decisión.

Cerré la computadora.

Hoy no fui a mi oficina… Elegí la cocina.

No solo porque allí hacía más calor.

También porque cocinar es uno de esos lugares donde mi mente descansa mientras crea. Es una actividad que me permite entrar en flow, disfrutar el proceso, conectar con los sentidos y, casi sin darme cuenta, empezar a regularme.

Puse música, y mientras cocinaba, también bailaba.

Sí... bailo mientras cocino.

Y probablemente, si alguien me viera desde afuera, pensaría que estoy un poco loca.

Pero yo sé que no es locura.

Es autoconocimiento.

Es comprender cómo funciona mi sistema nervioso y dejar de pelearme con él, porque ya me estuve peleando durante años y no gané yo… de hecho, perdí por goleada.

Mientras sonaba la música también recordé una idea que siempre me acompaña: no siempre elegimos aquello que nos duele, pero sí podemos transformar la manera en que nos relacionamos con ese dolor.

No elegí tener esta sensibilidad.

No elegí que el frío me afecte de esta manera.

Pero sí puedo elegir cómo responder.

Puedo quedarme luchando contra mi realidad, frustrándome porque hoy no rindo igual que ayer...

O puedo escucharme.

Y hoy elegí escucharme.

Elegí cambiar la oficina por la cocina.

Elegí crear en lugar de resistir.

Elegí bailar en lugar de exigirle a mi cuerpo que funcionara como si nada estuviera pasando.

Y, curiosamente, cuanto más dejé de pelearme conmigo, más empecé a recuperar mi energía.

Qué diferente es vivir cuando dejamos de preguntarnos cómo cambiar lo que somos y empezamos a preguntarnos cómo cuidarlo.

Porque la sensibilidad tiene sus desafíos.

Pero también tiene sus dones.

Y los dones, para florecer, necesitan cuidado.

Quizá ese sea uno de los mayores aprendizajes de mi vida: dejar de medir mi valor por cuánto logro adaptarme y empezar a medirlo por la honestidad con la que habito mi propia naturaleza.

No vine al mundo para anestesiar mi sensibilidad.

Vine a convertirla en una forma de mirar.

Porque algunas personas no estamos hechas para encajar perfectamente en moldes ya existentes.

Estamos hechas para imaginar otros nuevos.

Siempre me sentí más cómoda haciendo preguntas que repitiendo respuestas.

Más interesada en comprender que en obedecer.

Y hoy sé que esa manera de ser no es casualidad.

Es la misma sensibilidad que durante años intenté corregir la que hoy me permite acompañar a otras personas, escribir, investigar, enseñar y tender puentes entre mundos que parecían no encontrarse.

Al final, aquello que durante tanto tiempo viví como un exceso terminó siendo mi brújula.

Porque hay sensibilidades que no necesitan ser reparadas.

Solo necesitan ser comprendidas.

Necesitan cuidado, espacios donde respirar y la libertad de existir sin pedir perdón.

Y cuando eso sucede, dejan de ser una carga para convertirse en una fuerza creadora.

No vine a encajar.

Vine a abrir caminos.