Cuando elegir no es tan simple...
La multipotencialidad en primera persona
por Laura Ollé
8/16/20264 min read


“¡Tenés un cohete en el c…!”
Me dijo alguien y no fue solamente una frase graciosa. Fue una radiografía.
Y creo que me quedó tan grabada porque, en el fondo, yo ya venía sintiendo eso desde hacía años: una especie de motor interno imposible de apagar. Una sensación constante de estar yendo hacia demasiados lugares al mismo tiempo. Como si mi cabeza nunca pudiera quedarse quieta del todo.
Durante mucho tiempo pensé que eso era un problema.
Que había algo defectuoso en mí.
Mi manera de moverme por el conocimiento nunca fue lineal y, mucho menos, único. Nunca pude habitar una sola cosa. Mientras otras personas parecían encontrar tranquilidad en elegir un camino y profundizarlo durante años, yo sentía una necesidad casi física de explorar. Entender. Relacionar. Expandir.
Y eso me daba vergüenza. Mucha.
Porque el mundo parece amar a las personas coherentes. Las personas fáciles de explicar. Las que pueden responder “yo soy esto” sin sentir que dejan afuera otras veinte versiones verdaderas de sí mismas.
Yo no podía. Nunca pude.
Los test vocacionales eran una experiencia extraña. Hice varios y todos decían lo mismo. Mientras a otros les brindaban respuestas más o menos claras, yo aparecía con puntajes altos en todas las áreas. Exactas. Sociales. Arte. Comunicación. Humanidades.
Todo.
Como si esos test me devolvieran una pregunta en vez de una respuesta.
Y entonces hice lo que muchas personas hacemos cuando no logramos encajar en una lógica: asumí que el problema era mío.
Pensé que era inconstante.
Dispersa.
Demasiado intensa.
Demasiado curiosa.
Demasiado apasionada por demasiadas cosas.
Pero no era eso. O no solamente eso.
Mi mesa de trabajo debería haberme dado pistas mucho antes.
Porque si alguien la mirara sin conocerme, probablemente pensaría que pertenece a varias personas distintas. Libros de psiquiatría abiertos junto a Jung. Apuntes sobre astronomía mezclados con astrología. Planificaciones de observación astronómica al lado de un cubo de Rubik y de una carta astral. Una calculadora. Un Excel con seguimientos de trabajos. Textos sobre altas capacidades. Hojas llenas de ideas escritas apuradamente; y que a veces ni guardan relación unas con otras… o sí…
Todo junto. Todo coexistiendo.
Ciencia y símbolo.
Datos y metáfora.
Astronomía y astrología.
Psiquiatría y alma.
Y yo escondiendo esa mesa cada vez que alguien venía. Como si ahí hubiera una evidencia de algo vergonzoso.
Porque durante años sentí que mi forma de pensar era excesiva. Demasiado amplia. Difícil de ordenar. Difícil de explicar. Como si mi mente funcionara sin jerarquías claras y todo pudiera conectarse con todo.
Y la verdad es que sí. Todo se conecta con todo en mi cabeza. No lo puedo evitar.
Nunca estudié distintas disciplinas como quien colecciona títulos o hobbies. No había superficialidad en eso. Yo entraba profundamente en cada mundo. Necesitaba comprender su lógica interna, su lenguaje, sus patrones. Llegar a lo más profundo… Y después aparecía otra puerta. Y otra. Y otra.
No porque me aburriese. Sino porque algo seguía empujando desde adentro.
Como si hubiera una búsqueda más grande que todavía no tenía nombre.
Creo que incluso elegí la docencia intentando domesticar todo eso.
Porque había algo profundamente reparador en tomar conceptos complejos y volverlos comprensibles para otros. Traducir. Hacer puentes. Volver accesible lo difícil.
Tal vez porque yo misma necesitaba encontrar un sentido para esta manera tan poco convencional de moverme por el mundo.
Pero el sistema terminó enfermándome.
Y no fue solamente cansancio. Fue algo más profundo. La sensación de tener que reducirme constantemente para entrar en estructuras demasiado estrechas. Tener que amputar partes enteras de mí para parecer coherente.
Hasta que un día Gretel dijo una palabra: “Multipotencial”.
Y sentí algo rarísimo.
No fue alivio inmediato.
Fue más bien reconocimiento.
Como cuando alguien finalmente pronuncia en voz alta algo que vos venías viviendo hace años pero nunca habías podido nombrar.
Multipotencial.
Y entonces empecé a mirar mi vida hacia atrás de otra manera.
No como una secuencia caótica de intereses inconexos. Sino como una red.
Cada área había dejado algo.
Cada obsesión había construido una capa.
Cada desvío aparente había ampliado mi manera de mirar el mundo.
Nada había sido inútil.
Ni siquiera aquello que parecía no tener relación con lo demás.
Porque mi mente trabaja justamente ahí: en las intersecciones.
En esos lugares donde los límites entre disciplinas empiezan a volverse borrosos. Donde la ciencia necesita filosofía. Donde la neurología toca inevitablemente algo humano que no entra del todo en los manuales. Donde el símbolo y el dato no siempre son enemigos.
Y creo que recién ahora empiezo a entender algo importante: Mi problema nunca fue ser demasiado.
Fue haber crecido en lugares donde lo múltiple era leído como confusión en vez de como posibilidad.
Porque hay mentes que profundizan cavando un único pozo.
Y hay otras, como la mía, que funcionan expandiendo raíces en muchas direcciones al mismo tiempo.
Ni mejor. Ni peor. Pero sí profundamente distinto.
Hoy miro esa mesa otra vez. Y ya no veo caos.
Veo un mapa de mí misma.
Veo cada versión de mí intentando entender algo del mundo y de las personas. Veo preguntas repetidas con distintos lenguajes. Veo patrones. Veo conexiones invisibles. Veo una mente intentando integrar fragmentos aparentemente incompatibles para construir sentido.
Porque sí, me obsesiona profundamente conocer… especialmente la mente humana, el alma…
Y quizás ese “cohete en el culo” nunca fue un defecto.
Quizás era solamente una mente viva tratando de desplegarse entera.
Sin pedir perdón por existir así.
Johannes Kepler
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